¿Alguna vez has ido al médico por un dolor de estómago persistente, una migraña que no cede o una alergia repentina, solo para recibir los resultados de los análisis y escuchar la frase: “Usted no tiene nada, todo es estrés”?
Sales del consultorio frustrado. ¿Cómo que
no tengo nada? Si a mí me duele.
La buena noticia es que no estás loco/a.
El dolor es real. La noticia compleja es que el origen no está en una bacteria
o un virus, sino en una emoción, un conflicto o una palabra no dicha que ha
quedado atrapada. Bienvenido al fascinante mundo de la psicosomática.
El cuerpo como escenario
Desde los inicios del psicoanálisis, con
Sigmund Freud estudiando a pacientes que perdían la voz o paralizaban un brazo
sin razón física, descubrimos una verdad fundamental: el cuerpo y la mente no
son dos entes separados.
Imagina que las emociones son energía (lo
que en psicoanálisis llamamos afecto). Cuando sientes mucha angustia, ira o
tristeza, esa energía busca salir. Lo ideal es que salga a través de la palabra
(hablando, quejándote, llorando, escribiendo).
Pero, ¿qué pasa cuando la emoción es
“indecible” o reprimida porque nos da culpa o miedo aceptarla? Esa energía no
desaparece. Se desplaza al cuerpo.
“El síntoma es una palabra amordazada.”
No es magia, es el “Lenguaje de Órgano”
A diferencia de los diccionarios
esotéricos que dicen “si te duele la rodilla es orgullo”, el psicoanálisis
sostiene que cada síntoma es único para cada persona. Sin embargo, hay patrones
comunes en cómo “metaforizamos” nuestros problemas en el cuerpo:
El sistema digestivo: A menudo
ligado a situaciones que “no podemos tragar” o que nos resultan “indigestas”.
Esa gastritis podría ser una bronca que no te atreves a soltar.
La piel: Es nuestro límite con el
mundo. Las alergias o brotes a veces aparecen cuando sentimos que nuestros
límites han sido invadidos o cuando hay un conflicto de contacto (querer tocar
a alguien o querer alejarlo).
La garganta: La famosa “bola en la
garganta” o la afonía suelen aparecer cuando hay palabras retenidas, secretos o
llanto reprimido.
¿Por qué mi cuerpo me ataca?
En realidad, tu cuerpo no te ataca;
intenta protegerte. El síntoma físico actúa como una distracción. Es más fácil
decir “me duele la cabeza” y tomar una pastilla, que admitir “me duele mi
matrimonio” o “odio mi trabajo” y tener que tomar decisiones difíciles.
El dolor físico es la forma en que el
inconsciente dice: “Oye, aquí hay algo que debemos atender, y como no me
escuchas cuando te hablo bajito, voy a tener que gritar a través de este
dolor”.
¿Qué hago si creo que mi dolor es
emocional?
Descarta lo médico primero: Siempre,
sin excepción, ve al médico. El psicoanálisis entra cuando la medicina dice
“aquí no hay causa orgánica”.
Pregúntate el “Cuándo”: ¿Cuándo
empezó este dolor? ¿Qué estaba pasando en mi vida en ese momento? ¿Hubo una
pérdida, una pelea, un cambio brusco?
Ponle palabras: La cura por la
palabra (la terapia) busca deshacer el camino. Si logras verbalizar y elaborar
la emoción atrapada, el cuerpo ya no necesita “actuarla”.
El cuerpo es sabio y, a veces, es el único
que se atreve a decir la verdad. Quizás sea hora de dejar de silenciarlo con
analgésicos y empezar a escucharlo con atención.
Fuentes
Para la elaboración de este artículo se
han consultado conceptos fundamentales de la teoría psicoanalítica. Si te
interesa profundizar, aquí están las referencias clave:
Freud, S. (1895). Estudios sobre la
histeria.
McDougall, J. (1989). Teatros del
cuerpo.
Nasio, J.D. (2008). El dolor físico.
Groddeck, G. (1923). El Libro del Ello
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